Sale del trabajo con zapatillas en la mochila, cruza puentes del Ebro y sube al Parque Grande por senderos secundarios. Escucha podcasts breves, recoge basura que encuentra y fotografía reflejos al atardecer. Regresa ligera, con ganas de preparar una próxima salida compartida con amigas curiosas.
Compró una tabla de paddle usada, aprendió con vídeos, y ahora entra en la ría cuando la mar está tranquila. Treinta minutos bastan para cambiar humor, espalda y enfoque. Después, sidra sin excesos y un paseo breve. Sigue trabajando igual, pero sonríe mucho más seguido.
Reservó un hostal en Cazorla, hizo una ruta circular fácil al atardecer y se quedó a mirar estrellas con manta y chocolate. Nervios al principio, serenidad después. Volvió con teléfonos de guías locales y un compromiso íntimo: repetir cada mes, escuchando su intuición y ritmo personal.
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